Una ardilla me enseñó a vivir

ardilla

Otra tarde igual. Miré con desgana hacia mi muñeca: las cuatro y media de la tarde, como me temía. Suspiré con fastidio por la precipitación de las agujas del reloj. Cinco minutos más… otro suspiro, ahora de resignación. Hora de empezar a aprovechar la tarde, de trasladar mi cuerpo desde el cómodo sofá del comedor hasta la rígida silla del dormitorio. El mismo ritual de siempre, a la misma hora, con los mismos movimientos inconscientes. Martes, jueves, qué más daba, sólo cambiaba el nombre del día. Al fin y al cabo haría las mismas cosas que había hecho ayer, anteayer, hacía una semana. Ya estaba en el cuarto, seguramente habría empleado el mismo número de pasos que siempre. Allí me esperaba la misma mesa, la misma silla, el mismo programa de ordenador, la misma pila de libros; en definitiva, las mismas cosas dispuestas de la misma manera y en los mismos ángulos. Todo tenía la forma de siempre y los colores de siempre.

La luz de la habitación fue menguando gradualmente a la vez que unas nubes negruzcas caían pesadamente sobre la ciudad. Esto llamó mi atención y decidí romper el protocolo para acercarme a la ventana. Bonita escena, había comenzado una tormenta de aire y los árboles se balanceaban con desesperación de un lado a otro, maltratados por las corrientes. Me estremecí cuando los aullidos del viento se colaron por el resquicio de una ventana mal cerrada.

Iba a regresar a mi monotonía cuando observé algo fuera de lo normal. Allí arriba, en aquel árbol que me miraba todas las tardes se estaba moviendo algo… ahora había cesado… no, otra sacudida… ahora lo veo, un bulto marrón agitándose sobre una rama. ¿Aquello era una ardilla? Nunca había visto una al natural, pero supuse que sí, que aquello era una ardilla. Se movió de nuevo, y esta vez, como queriendo confirmar su identidad, me dejó ver su graciosa cabeza y su arqueada cola. Me cayó simpática, subiendo y bajando con agilidad y rapidez por las ramas. Costaba seguirla con la mirada.

Mientras la observaba corretear de un lado a otro me pregunté cómo es que aquella ardilla había ido a parar allí, a aquel árbol de barrio, tan lejos de donde debería estar.

Corrí a por unos prismáticos para verla mejor, pero cuando regresé ya no estaba. Bueno, al menos ya tendría algo distinto que hacer cada día. La buscaría con la mirada hasta que se dejase ver otra vez. Aunque quizás con el tiempo eso entraría a formar parte también de mi rutina. Otra acción mecánica, como todas las demás.

Pero no, me negué a que así fuera. No iba a permitir convertirme en otro robot programado, no señor. Cada día me fijaría en algo nuevo, cada día haría las cosas a distintas horas, en distinto orden, de distinta manera, despistaría a mi mente cuadriculada, regatearía el sentimiento de hastío que a veces me acosaba, pondría un poco de anarquía en mi vida, afrontaría cada día de manera renovada, tintaría mis acciones de un color alegre de futuro, lucharía por hacer realidad mis sueños. Al fin y al cabo, todo era cuestión de actitud.

Una mañana caminando por la calle volví a ver a aquel curioso animal. Me adelantó como un rayo en dirección a su árbol. De cerca era todavía más bonita, con aquellos tonos pardos caoba de su pelaje. Me impresionó su atrevida incursión entre la gente, quizás en busca de comida o quizás como parte de su decisión de vivir de forma diferente a sus congéneres.

Entré en casa, sonriendo por aquel fugaz encuentro.

Una tarde nueva. Las cinco y diez. Buena hora para ir a la habitación. Esta vez me levanto de un salto, camino con pasos alegres y motivados… no, antes entraré en la cocina a por un refresco. Ya estoy en el cuarto. Miro la mesa, sonrío, la giro noventa grados. Aquel árbol y su inquilina me verían de frente aquella tarde. Qué curioso, desde mi nueva perspectiva todo parece haber cambiado de sitio. Enciendo el ordenador… pero no, antes leeré un poco. Me meto por unos momentos en la piel de un diamantista aventurero en apuros. Le dejo en un avión, camino de Londres.

Busco mis libros… ¿dónde están? Ah, olvidé que ahora están en el segundo estante.

Las ocho y media. Cómo me ha cundido hoy. Pero estoy cansada. ¿Dónde está mi póster? Un tic me hizo mirar de frente, pero no, ahora estaba a mi izquierda. Giro la silla, lo miro, sonrío, cierro los ojos y sueño un ratito. ¿De dónde sería aquella playa? No importa, cuando lo averiguara viajaría hasta allí. Ya me sentía mejor, decidí que era momento de despertar. Lo hice con mis ojos posados sobre el cubilete de bolis. ¿Qué hacía siempre en el rincón de la izquierda? Saqué un bolígrafo azul, otro negro y el portaminas y guardé el cubilete en el armario. Ahora me hacía daño a la vista un montón perfectamente ordenado de hojas de papel. Lo desordené un poco por las esquinas. Sí, ahora estaba mejor.

Tuve la sensación de estar siendo observada. Algo me hizo mirar hacia la ventana. Casi podía ver a la ardilla sonriéndome en tono de complicidad y aprobación. Ella había decidido cambiar el monte por aquel árbol y yo estaba empezando a conseguir que las tardes parecieran nuevas y distintas. Sí, todo era cuestión de proponérselo. Aquella criatura me había enseñado muchas cosas.

De repente me acordé del diamantista en apuros. ¿Habría llegado ya a Londres? No era hora de apagar el ordenador, pero me apeteció retomar aquella historia intrigante. Lo haría en la otra habitación, nunca había probado a leer en aquella butaca…

Almudenix

Esta entrada fue publicada en Relatos Cortos y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>