Tres nombres, dos amores… y un final elegido por mí

Deseo liberarme de mis cadenas, romper las cuerdas cuyos nudos he atado yo misma con fuerza. Y, por mucho que piense en el daño que causé a quien me quiso, no me siento culpable. ¿Acaso estoy loca? No. Lo que hice en su momento lo hice porque lo sentí, entregué todo lo que pude entregar, pero ellos querían más…

Podría decir que el desencadenante fue la muerte repentina de mi primer amor, Daniel. Mi primer amor, mi primer deseo, una historia de adolescentes, de ternura e ilusiones. Cuando murió en un accidente de coche, me quedé desolada y sentí que me habían robado el alma. Creí que nunca sería capaz de amar de nuevo. Pero sí que lo hice y con más fuerza aún, aunque pagara ese amor con traición.

Pero antes de Paul, fueron tres los hombres a los que destrocé la vida sin querer, aunque en aquellos momentos, el delirio del deseo  me cegara hasta tal punto que fuera incapaz de asumir las consecuencias de mis actos. Sí. Antes de volver a amar, deseé y mi deseo se confundió con amor… y en cierta manera quise. Pero no me siento culpable porque en todo momento entregué más de lo que creía dar y sé que ellos jamás me odiarán… porque sabían desde un principio que yo era inalcanzable.

Marzo de 2004

Tras la muerte de Daniel, cuando yo aún estudiaba en la universidad, pasé meses intentando descifrar la traición del destino. Yo lo había tenido todo. Unos padres locamente enamorados con una mentalidad moderna, cinco hermanos a los que estaba muy unida, primos que eran casi hermanos, tíos, que me adoraban, abuelos que me mimaban, amigas fieles. Nací con suerte y la suerte me abandonó de repente. Era bella, cautivadora e inocente, aunque con una destreza inusual para conquistar a quien tuviese delante, aunque ese no fuese mi propósito. Los chicos me deseaban o soñaban conmigo, las chicas eran incapaces de odiarme porque creía tanto en mí y en los demás, que les era imposible traicionarme.  Creo que si alguien quisiese diseñar la vida perfecta, esa hubiera sido la mía… pero tenía fecha de caducidad y el accidente de Daniel quizá era el pago por tanta felicidad. Me enfadé con Dios, conmigo misma, con el mundo… Y tras terminar mi carrera de Empresariales  me trasladé  a estudiar un master en finanzas a Estados Unidos, alojándome los primeros meses en casa de un matrimonio amigo de mis padres. Me acogieron como a una hija, pues me conocían desde que era pequeña, aunque hacía años que no me veían.

Un mundo nuevo se abrió ante mí. Y quizá, por estar lejos de mi hogar, por alejarme de aquellos lugares en los que amé y sufrí, me planteé comenzar de nuevo, mirando la vida con otros ojos… y recuperando sin quererla ni desearla esa aura de perfección que el destino había roto en mil pedazos.

Tres semanas después de mi llegada conocí a Paul, hermano de Annie, mi “madre” americana. Era diez años menor que ella y era padre soltero. Tuvo una relación con una compañera de trabajo que murió al poco tiempo de dar a luz a su hijo y que nunca llegó a querer a Paul, al igual que Paul nunca llegó a quererla a ella. Pero de su unión nació Sam y en el 2004, el niño contaba ocho años. Paul acababa de cumplir treintaycinco y yo tenía veinticuatro.

Hoy sé que me enamoré de Paul nada más verle. Sus ojos, azules  y casi transparentes, mostraban un alma especial, una inteligencia y un ingenio admirables y una bondad que derretía todos mis miedos.

Un año y medio después de conocernos, Paul y yo iniciamos una relación que derivó en un matrimonio de ensueño. Si hay un hombre perfecto, ese es él. Tierno, cariñoso, protector, fiel amigo, amante, emotivo, dulce, dedicado… Pero a mí no me bastaba con eso. Y tanto antes como después de casarme con él, hubo tres hombres. Los dos primeros sirvieron para engañarme a mí misma y no aceptar que amaba a Paul. El tercero, fue el medio para alcanzar los límites del deseo y para… sí, para vengarme del hombre de mi vida, al que jamás pensé que encontraría. Por supuesto, Paul terminó enterándose de mi aventura con Aidan y, aunque estaba dispuesto a perdonarme por no perderme, yo no pude volver a mirarle a esos ojos tan limpios. Por eso me fui, dejé a mi hijo adoptivo y a la hija que tuvimos en común y regresé a España, donde morí.  Cerca de los míos, pues nunca he estado sola. Morí y estas son mis palabras, escritas antes de marcharme de este mundo para reunirme con mi primer amor y esperar al último.

Ahora mi historia servirá para, quizá, que algunos me condenen o que otros me comprendan. Para que algunos me odien y otros me admiren o, quién sabe… tal vez sirva para que alguien aprenda que la venganza, el rencor y la traición no sirven para hacer sufrir a los demás, sino para matarte a ti misma.

Los tres hombres a los que destrocé la vida no me odiarán porque en sus vidas dejé una parte de mí.  Desearía que me olvidarán y probablemente no lo hagan. Pero he querido pedirles perdón de la única manera que sé: Enviándoles por escrito todos mis pensamientos, sentimientos, deseos, miedos, culpas, anhelos… Jack, Dean y Aidan serán felices sin mí, más de lo que lo fueron conmigo. Y sólo deseo que amen a alguien más de lo que me amaron a mí.

Ahora también comparto mi historia con vosotros. Os contaré cómo amé a Paul, cómo deseé a Jack, cómo Dean se transformó en presa cuando era cazador y cómo Aidan abandonó todo por mí. Os contaré todo.

Continuará…

MRV

twobecomeonetopimage

Esta entrada fue publicada en Relatos Cortos y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>